A veces, una pregunta cambia el rumbo de una clase.

Estás en clase explicando.

Todo va según lo previsto.

Hasta que un alumno levanta la mano.

—Profe, ¿por qué esto cuesta tanto?

Otro añade:

—Pues yo compraría el otro.

Y enseguida aparece otra pregunta:

—¿Y cómo sabes si algo es caro o barato?

La conversación empieza a crecer.

Es un tema interesante.

Mucho.

Pero también sabes que tienes un contenido que explicar, un tiempo limitado y una clase que seguir.

Así que muchas veces haces lo que toca:

—Son preguntas muy interesantes. Luego hablamos de ello. Ahora vamos a continuar.

Y la clase sigue.

No porque esas preguntas no sean importantes.

Sino porque no siempre podemos detenernos en cada una de ellas.

Pero, ¿y si no tuvieras que improvisar?

¿Y si esas preguntas sobre dinero no fueran una interrupción del aprendizaje?

¿Y si formaran parte de un proyecto preparado para convertirlas en oportunidades de aprendizaje?

Porque nuestros alumnos ya hablan de dinero.

Preguntan.

Opinan.

Quieren.

Comparan.

Toman decisiones.

El dinero forma parte de su vida mucho antes de que nosotros decidamos trabajarlo en el aula.

Y cada vez que se enfrentan a una decisión con dinero, están aprendiendo algo.

La cuestión es:

¿qué están aprendiendo?

¿A comprar sin pensar?

¿A elegir lo primero que quieren?

¿A gastar todo lo que tienen?

¿O a detenerse, valorar opciones y decidir?

Ahí es donde empieza a construirse algo que les acompañará mucho más allá del aula.

Su competencia financiera.

Porque aprender sobre dinero no consiste solamente en saber cuánto cuesta algo.

También consiste en aprender a pensar antes de decidir, comparar, planificar, esperar y entender que cada decisión tiene consecuencias.

Y eso no se aprende de un día para otro.

Se construye poco a poco, decisión a decisión.

El problema no es que estas situaciones aparezcan en clase.

El problema es que no siempre tenemos una herramienta para trabajarlas de forma estructurada.

Porque el tiempo es limitado.

El temario es el que es.

Y añadir una cosa más a la lista de tareas no siempre es posible.

Por eso no creemos que la educación financiera tenga que convertirse en una carga más.

Tiene que encontrar su lugar dentro de lo que ya hacemos.

Una historia puede abrir una conversación.

Una situación puede plantear un problema.

Una decisión puede convertirse en una actividad.

Y una experiencia cotidiana puede ayudarles a aprender algo que utilizarán durante toda su vida.

Eso es lo que queremos conseguir.

Convertir situaciones que ya forman parte de la vida de nuestros alumnos en oportunidades para desarrollar su competencia financiera.

Sin improvisar.

Sin añadir más horas.

Con una propuesta estructurada que puedas llevar al aula.

Y ahí nace EDUCACIÓN FINANCIERA PARA NIÑOS Y NIÑAS.

Quizá esas preguntas que aparecen en clase no sean una interrupción.

Quizá solo necesitemos una forma de convertirlas en oportunidades para aprender.

¿Quieres descubrir cómo llevar la educación financiera a tu aula?

Déjanos tu email y te mostraremos cómo trabajamos la competencia financiera con niños y niñas de una forma cercana, práctica y estructurada.